Harina y albahaca en La Chaya del litoral

Fotos / MABEL FERNÁNDEZ

La Chaya reavivó por noveno año consecutivo en el patio de la familia Molina – Corti de la ciudad de Reconquista. El ritual agrario de agradecimiento a la Madre Tierra se convirtió en un diálogo intercultural entre la chaya riojana y el sapucay litoraleño.

Febrero es sinónimo de Chaya en La Rioja, donde en cada barrió los vecinos festejan el carnaval entre harina, albahaca y el canto con cajas que pone latidos al “topamiento de changos y chinitas” y la “coronación de los compadres” hasta extinguirse con las últimas llamas de “la quema del muñeco Pujllay”.

La familia Molina- Corti respeta cada paso junto a cientos que vecinos que se acercan a su patio, pero en medio de la ciudad de Reconquista, en el norte de Santa Fe. A miles de kilómetros de la Rioja el olor de harina y albahaca se mezclan con baldazos de agua, porque al fin de cuentas se está en la tierra de los Jaaukanigás o “Gente del Agua”.

“Estos nueve años son muy valiosos para la familia, por demostración de amistad de los más cercanos como de aquellos que se acercan cada febrero a ofrecer su corazón y sus manos, porque la cultura chayera es una construcción colectiva”, aseguró Sebastián al que la mayoría de los reconquístense llama, simplemente, “El Chaya Molina”.

“El patio chayero de Reconquista –agregó- no es juntarse a celebrar algo superficial, sino que es rescatar los valores de nuestros antepasados con la cosecha de la harina y el trabajo junto al compañero y la familia. Es un ritual del que nos hacemos cargo como un instrumento de transmisión de generación en generación”.
Cantos y juegos en el patio

Bajo unas enredaderas que abrazaron con fuerza las formas de bóveda que tacuaras y alambres le propusieron hace tiempo se levanta un diminuto escenario, y entre ese follaje todo el que se anima toca y canta.

“La Chaya es con entrada libre y gratuita y todos los que quieran cantar lo hacen. No hay un orden o una grilla. Los visitantes llevan silletas, una bolsita de harina, los que tiene albahaca un ramito” repasó El Chaya, que es el encargado de marcar los momentos de la celebración, una autoridad de ser el dueño de casa, que se pierde en el momento del “topamiento”, quizas porque se hace en la calle o porque los grandes se transforman en chicos y ya no escuchan más nada en medio del juego con harina.

“Estoy viendo cada foto que sacaron y es emocionante, qué chaya que nos mandamos con la juntada, qué alegría generar todo esto y ver a cada persona en una actitud de despojo y profundidad es verdaderamente sensible”, repasó el día después el dueño de casa, que agradeció a todos los que año a año colaboran desinteresadamente y al apoyo que llega desde la Secretaría de Cultura de La Rioja con el que este año se pudo acercar Josho González.

ORÍGENES ANCESTRALES

Los orígenes de la Chaya, como los de otras fiestas populares nacidas en tiempos remotos, tienen significados de diferente interpretación. Pero todos coinciden en indicar que la fiesta nace en la época en que los diaguitas eran dueños y señores de los valles y quebradas de la actual provincia de La Rioja, la provincia de las montañas rojas y los gigantes de piedra.

Cada año, las tribus diaguitas se sumaban al ritual de agradecimiento a la Pacha Mama (la Madre Tierra) por las bondades recibidas y el algarrobo, el árbol más importante de la economía y la tradición diaguitas. Coinciden los especialistas en relatar que vivía, en una de estas tribus, una hermosa joven llamada Challai: tan bella era que los diaguitas la consideraban un homenaje viviente a la Madre Tierra.

A partir de aquí, sin embargo, la leyenda se bifurca. Cuentan algunas versiones que Challai, la Chaya, se enamoró de un colono rubio que pasaba por la región junto con su familia. Otros dicen, en cambio, que la joven se enamoró de Pujllay, una suerte de semidiós picaresco que terminó convertido en el espíritu del carnaval diaguita-calchaquí. Fuera uno u otro, era un amor destinado a no cumplirse.

Ni la Chaya fue aceptada por la familia del colono, ni el Pujllay correspondió a sus sentimientos. Desengañada, hundida en la decepción, la joven se internó en las profundas quebradas de las montañas riojanas, mientras el resto de la tribu salía a buscarla con desesperación. Y se dice que, justo cuando estaban a punto de encontrarla, la Chaya se transformó en nube, y en convertida en nube ascendió a los cerros. Pero su partida no fue para siempre: ayudada por los ritmos de la naturaleza, cada mes de febrero cumple con su regreso, convertida en el rocío que se vierte sobre las flores del cardón como lágrimas derramadas por un imposible amor. También Pujllay, ebrio y con el corazón roto, muere consumido en las llamas de un fogón.

La Chaya y el Pujllay, separados por la tragedia de la leyenda, se ven reunidos hoy en la alegría de la fiesta riojana. Ella les da nombre a los festejos; él se representa con un muñeco desgarbado que preside los vaivenes chayeros desde su desentierro, en el primer día, hasta el entierro o la quema que marca el final de la fiesta y el regreso a la calma.


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