Se extingue la voz indomable de Nuestra América

Por: Carlos Bauer

El 1 de enero de 1959, las tropas de la Revolución Cubana entraron en La Habana y el nombre de Fidel Castro en la inmortalidad. El triunfo de la Revolución sobre la dictadura de Fulgencio Batista supuso la independencia de la isla y el fin del dominio colonial que Estados Unidos ejerció sobre Cuba tras arrebatársela a España. El ejemplo cundió en América Latina, y eso es lo que el Imperio nunca ha podido perdonarle.

 

Bestia negra para las derechas que han regido los destinos del mundo durante el último medio siglo, Fidel fue siempre un objetivo difícil para los críticos interesados: más culto que cualquier mandatario occidental, absolutamente ajeno a los fastos en que ahogan su sed de poder los tiranuelos impuestos desde Washington, carente de escándalos o excesos personales, respetado por el pueblo cubano hasta el final, los medios llevan décadas lapidándolo por el único crimen de no instaurar en la isla un sistema de partidos como los que hacen que en el “mundo libre” gobiernen siempre los mismos intereses mediante la cada vez menos sutil estrategia de alternar las caras.

En la historia de la revolución jamás se ha torturado a un prisionero. No ha habido un solo desaparecido. No ha habido una sola ejecución extrajudicial. Hemos fundado una democracia propia, imperfecta, sí, pero mucho más participativa y legítima que la que nos pretenden imponer. – Pronunciamiento de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS).

Cinco decenios han pasado del ilegal bloqueo impuesto unilateralmente por Estados Unidos para doblegar a Cuba y obligarla a adoptar el régimen político que Washington disponga. Condenado año tras año por la Asamblea General de las Naciones Unidas, el bloqueo se mantiene pese a su ineficacia y sus efectos genocidas sobre el pueblo cubano, que no se ha dejado doblegar porque, como dijo Fidel el 16 de octubre de 1953, “cuando los pueblos alcanzan las conquistas que han estado anhelando durante varias generaciones, no hay fuerza en el mundo capaz de arrebatárselas”.

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Este raro dictador, de quien no hay una sola estatua en Cuba, me censuraría por atribuirle tal peso en el proceso que llevó a la entrada triunfante del ejército revolucionario en La Habana y Santiago de Cuba aquel 1 de enero de 1959. Me recordaría las condiciones que precipitaron la caída de Batista, y se colocaría en la dimensión de la clase media cubana de mediados de siglo, entre la que cundía un descontento muy nacionalista y pequeñoburgués hacia el protectorado de facto de los Estados Unidos.

José Martí es su autor de cabecera y ha tenido el talento de incorporar su ideario al torrente sanguíneo de una revolución marxista. La esencia de su propio pensamiento podría estar en la certidumbre de que hacer trabajo de masas es fundamentalmente ocuparse de los individuos. – Gabriel García Márquez

Me hablaría también del Movimiento 26 de Julio, que llevó a cabo la tarea de organizar a obreros y campesinos para unirse contra el enemigo común de la dictadura teledirigida. Y, por supuesto, me recordaría que él no fue sino el continuador de la gesta de José Martí, Maestro y Apóstol de la nación cubana, a quien consideró como autor intelectual del ataque al cuartel Moncada con que inició la Revolución. Fidel me habría recordado, como dijo en el año ’53 y como seguiría diciendo toda su vida, “Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos”.

 

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