Daniela Aguinsky, segundo Premio Storni de Poesía: “Soy una contadora de historias”

La joven escritora y cineasta porteña ganó la distinción por su primer libro “Afecciones familiares”, con poemas actuales que son a la vez una herramienta para comunicarse en medio del bullicio de la ciudad.

“Arranqué con la poesía y no paré”, dice Daniela Aguinsky, segundo lugar del Premio Storni de Poesía que organizó por primera vez este año el Centro Cultural Kirchner.

Directora, guionista y periodista, Aguinsky, de 27 años, obtuvo la distinción por su primer libro Afecciones familiares. El jurado –compuesto por la barilochense Graciela Cros, el bonaerense Osvaldo Bossi y la santafesina Estela Figueroa– leyó en él frescura y audacia, y una actualización de la poesía de Alfonsina Storni: “La voz de una chica actual que describe, con cierta ironía, las afecciones del amor. El humor y el amor, como dos armas gemelas, terminan produciendo una poesía no solo inquietante sino explosiva”. En sus dos cortos, Huracán Berta (2020) y La guardia virtual (2019) ya había incursionado en esas emociones como contracaras del dolor.



Se formó en cine en el Centro de Investigación Cinematográfica (CIC) y en la Universidad Torcuato Di Tella, y estudio Letras en la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA). Durante varios años se desempeñó como redactora de Espectáculos en el diario Clarín y fue programadora en el TLV Fest, festival de cine queer de Tel Aviv. Tal vez por eso, sus poemas parezcan también micro relatos de mínimas experiencias cotidianas que, con belleza sonora, permiten la identificación instantánea de una generación de mujeres que vive en la gran urbe.

-Arrancaste tu trabajo artístico con el cine. ¿Pero cómo empezaste a escribir?

-Siempre consideré a la escritura como una herramienta de expresión. Empecé la carrera de Letras, pero me pelee un poco con la parte teórica. Lo que quería era escribir y entonces me pasé a estudiar cine. Escribí guiones, notas en los diarios. Y hace dos años me reencontré con la literatura.
Siempre estoy haciendo algo artístico. Siento que son todas formas de comunicar algo que quiero decir, que después encuentra su forma. Tal vez es una película, un poema, una foto, un dibujo.
Encontré que podía decir algo con la poesía que de otra manera no salía. Es el lugar justo para poder expresarse.

Hay varios poemas del libro que están dedicados a algunas personas. Es una forma de comunicación de cosas que tal vez en una conversación no podés decir. El poema, al ser una expresión artística, revela más verdad. Un poco es igual al funcionamiento de una cámara. Cuando vos ves algo por el ojo o el lente, lo ves dado vuelta y después el cerebro lo vuelve a poner derecho.

-¿Cómo surgió Afecciones familiares entonces?
-Hace como dos años me propuse escribir un poema por día. Después de un par de meses tenía como 60 poemas. La mitad los tiré a la basura porque eran malísimos. Lo que quedó, lo trabajé mucho. Y sigo escribiendo. No sé cómo será la edición final del libro. No es algo concreto.
Ahora estoy escribiendo mucho más y ya desde otro punto de vista: a través de un personaje ficticio que es el que escribe. También están los poemas más personales. Esos nunca los dejaré de hacer.

-Estás traduciendo a Ellen Bass. ¿Te sentís influenciada por la poesía norteamericana?

-Estoy muy influenciada por la escritura y el cine norteamericano. La poesía norteamericana me gustó desde que descubrí a Emily Dickinson, T. S. Elliot, Allen Ginsberg. Cuando los leí a mis 19 años, me marcaron un montón. Para mí es fundamental que la poesía tenga sentido del humor. El trabajo de Ellen Bass tiene eso. Es lo que me gusta a mí leer. Es una manera de ver la vida. También es una manera muy judía de ver la vida. Ahí todo tiene que ver.

Me gusta mucho la poesía narrativa, que cuente una historia. Hace poco alguien me dijo “Me encantaron tus cuentos”. Iba a responderle que eran poemas y después dije “Pero no, pará. Algunos sí son cuentitos”. Creo que lo que soy es una contadora historias. Después busco si va a ser una poesía o una película o qué va a ser. Voy probando maneras.

-¿Qué aspectos destacás de Bass?

-A mí me gusta que me cuenten algo que genere sensaciones. Creo que eso es lo que busco en el arte cuando lo consumo y también cuando lo hago. Cuando me encontré con la poesía de Ellen Bass -que fue a través de un tuit donde leímos “Relax” con Valentino Cappelloni- me encantó. Nos pusimos a buscar y, claro, era una poeta increíble. En Estados Unidos había publicado varios libros, pero que acá no la conocía nadie y no había nada editado. No lo podíamos creer. Entonces arrancó un proceso de traducción, primero por diversión. Cuando tuvimos varios, la contactamos para decirle qué estábamos haciendo y empezamos a buscar editorial. Firmamos con Gog & Magog y el libro saldrá en octubre. Estoy muy contenta porque no tenía nada publicado y ahora pronto saldrán dos libros.

Ellen es buenísima. La amo. Es súper narrativa en lo que cuenta, muy sensible. Puede contar cosas terribles, pero a la vez tener sentido del humor. En el fondo es una persona optimista. Ve el lado positivo a la vida, pero no de una manera tonta.

-Tenés mucha actividad en redes sociales. ¿Se puede escribir poesía en 140 caracteres?

-Uso redes. La primera que tuve fue Twitter. Me lo abrí en el secundario, en el aula de computación. Me parecía fantástico. Es mi red social favorita aunque todo viró más a Instagram. Twitter es la red social de escritura, sobre todo lo fue en las primeras épocas.

Y sí, se puede hacer poesía corta. Los haikus no sé cuántos caracteres tienen pero son muy pocas sílabas. Eso es lo que me encanta de la poesía. Es la expresión más mínima de literatura y concentrada. Puede ser súper potente, graciosa, terrible y capaz es un renglón, un párrafo. Eso es todo, no pidas más. La palabra tiene que ser justa. Es como un golpe.

-El jurado destacó la inclusión del humor y del amor en tus poemas como si fueran un arma. ¿La poesía es un arma para vos?

-Me encantó la idea y la frase. No es que lo había pensado así. Es una lectura que hace un otro, pero tiene sentido. Es un arma por lo que te valés, tus herramientas. Creo que el amor y el humor son como elementos fundamentales de la vida. El humor me encanta. Mi género favorito en el cine es la comedia, por ejemplo. No me gusta la solemnidad.

Me sorprendió el premio no porque dudara de mi laburo sino porque no sabes cuál es el criterio de las otras personas que van a premiar. A veces el humor, lo erótico, la comedia son considerados menores. Es algo que ya en este punto hay que dejar de discutir, pero yo misma me encontré pensando así cuando me presenté al premio.

-En shmitaproject.org decís que buscás expresar tu identidad judía en tu trabajo. ¿Por qué te interesa hablar de ese aspecto de tu vida? ¿Es una necesidad, una elección?

-En Shmita me postulé con algunos poemas que además traduje al inglés. En ellos expreso quién soy, mi identidad. Soy una mujer judía, argentina, de veintisiete años.

El judaísmo es parte de mi identidad. No es una religión; es mil cosas. En mi caso, es parte de mi identidad, me atraviesa como creo que ser mujer o ser argentina me atraviesa. Es parte de esto que soy desde que me empecé a formar como persona. Entonces hay algo de ahí que aflora y yo elijo abrazarlo.

Me encanta y mientras más lo estudio más me gusta. Son historias. Hace poco leí un tuit de un amigo rabino que se llama Uri Romano que decía la Torá, la biblia, no es un libro es una biblioteca. Es verdad; está lleno de historias que cada vez que lees te revela algo distinto. Es muy inspirador. Hay mucho para explorar en ese sentido porque para mí son preguntas. No son respuestas o es un dogma. Por cada línea de la Torá hay diez preguntas.

Después está toda la lectura que podemos hacer hoy las mujeres con toda esta tradición. Me parece que también se trata de agarrar todo eso y hacerlo propio. Este judaísmo me atraviesa, pasa por mí y se mezcla con otras cosas que son de otro orden, como la vida de una chica de veintisiete años en Buenos Aires. El resultado es esa mezcla que une lugares. En el arte no siento que haya algo nuevo, pero sí está bueno las conexiones que se puedan hacer. Ahora estoy en un proyecto un poco ambicioso que es traducir una poeta israelí que se llama Yona Wallach. Fue muy importante en Israel en los años ochenta y murió muy joven. Encuentro también en ella algo de humor, erotismo y también dolor, que es como la otra cara de la misma moneda.

-Participás en festivales de lectura. Cuando escribís, ¿pensás en la puesta en voz de tus textos?

-Me acuerdo que iba a los slam de poesía que hacía un grupo que se llamaba Sucede en la Oreja negra. Iba todos los domingos a escuchar, pero nunca presenté nada. Años después empecé a escribir y, de hecho, una de las primeras cosas que hice cuando empecé fue ir a micrófonos abiertos para probar lo que tenía.

Creo que la poesía no puede separarse de la oralidad o no lo recomiendo. La poesía para mí tiene que salir a la calle, ser visual, colgarse en carteles también. Tiene que ser recitada, oída y actuada. Hay algo de ponerle el cuerpo. Es muy de rítmica. Está bueno salir y que la gente interactúe, como se hacía en la antigüedad.

-¿Leías a Alfonsina Storni?

-Todo el mundo en algún momento se encuentra con algún poema de Alfonsina, viviendo en este país, siendo mujer y estando en el ambiente de las Letras, digo. La tenía leída pero no estudiada. A raíz del premio, volví a leerla y la pasé bárbaro. Leyéndola, entiendo como ella expresaba su deseo. Por un lado, podía hacer un poema sufrido y después hacía otro donde se reía o usaba la ironía como en ese donde dice “tú me quieres blanca, tú me quieres alba”. Ella también usaba el humor como un arma. Me parece una mujer súper potente en lo que expresaba. Cuando la volví a leer, me sentí como hermanada. Sentí que podría ser una mina como yo, en algún punto, con quién podría sentarme a charlar. Nos reiríamos mucho.

Algunos poemas de Afecciones familiares 

Sobre los hombres
A veces el hambre ataca
en el medio de la noche
y lo único abierto es un Mc Donalds.
 
Está bien.
 
Vas a tener hambre de nuevo
mañana.

Amor
Camino hacia vos
como se camina por un piso luego de que se rompa un vidrio.
Camino con cautela hasta que me olvido
del peligro potencial del corte
de una astilla invisible.

Camino descalza:
está frío.
 
Pasaje de vuelta
A mí siempre
me dejan ir
a todas partes.
 
Hago sola,
como Dios.
 
La experiencia
se presenta única,
iluminada.
 
La trago
como un sintético:
por la euforia.
 
Si total ya sé
que voy a volver
rota
 
a mi sitio
a casa
a donde tomo agua de la canilla
y no me pasa nada.
 
Afecciones familiares
Siento dormidas
las puntas de los pies
y ojalá sean solo
mis problemas de espalda,
las contracturas,
cómo cruzo las piernas cuando estoy
sentada, o cómo me doblo sobre el colchón.
 
Pienso en que tengo
la enfermedad de mamá,
que en poco tiempo me va a tener endurecida,
sosteniéndome en bastones o en una silla de ruedas.
O la de papá
y abandonar la espontaneidad de compartir
una pizza con cerveza en cualquier lado.
O la de mi tío muerto
y simplemente voy a dejar de respirar, de a poco.
 
O quizás una nueva, solo mía
que requiera de otra especialidad médica
para agregar a la lista
de antecedentes familiares,
al árbol de afecciones
que se remonta a la rusia de los zares
quizás
por comer demasiada papa y demasiada cebolla.
 
Me digo que soy joven y gozo
de buena salud
y que a mi lo peor recién me va a llegar
en algunas décadas,
que falta mucho,
que estoy bien
 
pero por más jóven,
por más linda
y más alegre,
yo sé que la vida
no es buena conmigo
como no lo es con nadie.
 
O sí,
que es increíblemente
maravillosa
pero bueno,
no con mi espalda.
 
Cortar un limón

Recién en la cocina me acordaba
de que antes de conocerte
cuando cortaba un limón lo hacía
por el ecuador,
en cuatro partes anchas y carnosas
que apretaba con toda la mano.
El líquido chorreándome hasta la muñeca
las semillas disparadas
la lengua corriendo detrás.
Ahora,
desde que apareciste en mi vida,
corto el limón como me explicaste que se cortan los limones:
en seis meridianos y con destreza,
una cuchilla afilada en el aire
sin que toque la mesada.
Solamente con dos dedos
exprimo los gajos finos, las yemas empujando
suavemente la piel rugosa,
todos los jugos bajo control.
Admito que así la fruta es más rendidora,
el procedimiento metódico y sencillo,
pero cómo me gustaba
chuparme la humedad ácida
de las palmas
cuando la pulpa explotaba silenciosa
como una estrella muda
y nadie
me veía.
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